El éxito de los banqueros cuáqueros

Introducción

En los siglos XVII y XVIII algunos cuáqueros tuvieron grandes éxitos económicos. Parte de la explicación de su éxito está precisamente en que era conocida su confesión religiosa. Los inversionistas, los clientes y los socios comerciales confiaban en estos banqueros cuáqueros precisamente porque eran cuáqueros. La religión cuáquera les confería lo que ahora llamaríamos una “imagen de marca” con un perfil muy adecuado para su actividad.

Esa “imagen de marca” estaba basada en los principios éticos que regían el comportamiento de los cuáqueros. Para los cuáqueros, como para los creyentes de cualquier religión, los principios ético-religiosos son estrategias de comportamiento a largo plazo. Los miembros de una comunidad religiosa se comprometen a comportarse de acuerdo a esos principios éticos y hacen público ese compromiso. La confesión pública de un individuo en una fe religiosa equivale en cierto modo a una promesa del individuo ante los demás miembros de la sociedad de que su comportamiento estará sometido a los límites y reglas que establece su religión.

El origen de Barclays "el banco cuáquero"

En 1690 los cuáqueros John Freame y Thomas Gould fundaron en la calle Lombard Street de Londres un negocio de joyería y banca. En 1736 entró como socio James Barclay, otro cuáquero que se había casado con la hija de Freame. El grupo prosperó manteniéndose siempre dirigido por las mismas familias y sometido a estrictas normas de ética comercial. No fue el único caso; otras familias cuáqueras también regentaban negocios bancarios con igual éxito. Ciento cincuenta años después, en 1896, veinte de esos grupos se unieron para formar un nuevo banco que se llamó Barclay and Company y fue conocido por el público como "The Quaker Bank".

Después de esa fusión la dirección del gran banco dejó de ser familiar y se profesionalizó. La asociación del banco a la imagen de los cuáqueros se fue disolviendo. De hecho, el Barclay's fue acusado de colaboracionista con el régimen sudafricano del "apartheid".

El origen de Lloyds

En junio de 1765 dos empresarios cuáqueros, Sampson Lloyd y John Taylor juntaron un capital de 6.000 £ para formar un banco en Dale End, Birmingham. Su principal objetivo era ofrecer créditos a las pequeñas industrias de la zona. El banco tuvo un gran éxito y en los primeros seis años de actividad acumuló un beneficio de 10.000 £. Además de préstamos, también invirtieron en empresas innovadoras como la Birmingham Canal Navigation Company. Los hijos y descendientes de los fundadores mantuvieron durante mucho tiempo las riendas del banco y dirigieron su crecimiento y expansión, siempre con sometimiento a los principios éticos de sus fundadores. Fue también en la primera mitad del siglo XX cuando el banco se expandió mediante gran número de fusiones y absorciones y modificó sus tradicionales normas cuáqueras de management.

Los principios éticos de los banqueros cuáqueros tenían algunas características diferenciales que los hicieron más eficaces en su actividad mercantil que otros banqueros. La sociedad inglesa conocía los principios éticos cuáqueros y creía que los miembros de esa comunidad serían fieles a esos principios en cualquier circunstancia, aunque fuera adversa para ellos. Por ejemplo, confiaban en que los banqueros cuáqueros defenderían los intereses de sus clientes y socios ante posibles intervenciones del gobierno británico, aun a costa de sus propios intereses, aun a costa de sus vidas.

En el mundo actual los principios éticos siguen siendo unas estrategias de comportamiento a largo plazo aunque el refuerzo religioso ha perdido credibilidad. Organizaciones como Greenpeace o el Council on Economic Priorities (CEP) de Alice Tepper Marlin basan su actividad y su éxito económico en sus principios éticos, pero están desligadas de cualquier confesionalidad. La sociedad actual conoce muchos ejemplos de personas de muy diversas creencias religiosas que han quebrantado sistemáticamente sus principios morales. Gobernantes de diversas partes del mundo refuerzan sus intereses políticos identificándolos con valores religiosos. Siempre ha habido líderes políticos que han afirmado que “Dios lo quiere” y han predicado “Hagamos la guerra a Satán”; pero en la actual sociedad de la información gran parte de la población recibimos mensajes procedentes de todos los lados, que se contradicen entre sí y que nos hacen desconfiar del ropaje religioso.

(NOTA: El CEP es un centro de investigaciones económicas que presta asesoramiento financiero y gestiona fondos de inversión con responsabilidad ética. Discriminan a las empresas en función de que su actividad económica esté relacionada con la industria armamentística, contamine el medio ambiente o respete derechos básicos de sus trabajadores en cualquier parte del mundo en que realice su actividad. Sobre Alice Tepper Marlin ver http://www.eumed.net/cursecon/economistas/Tepper.htm)

LOS PRINCIPIOS CUÁQUEROS

La empresa de cereales Quaker Mill Company, creada a finales del siglo XIX en Ohio, USA, fue la que empezó a usar la marca que hoy se ha hecho tan conocida y es propiedad de Pepsico.

La imagen vulgar que se tiene hoy de los cuáqueros está muy asociada a esta marca. El sombrero de los cuáqueros era un símbolo de uno de sus principios éticos: la igualdad con la que trataban a todos los seres humanos. Sólo se quitaban el sombrero ante Dios. Ante todos los demás, reyes incluidos, se mantenían cubiertos por el sombrero.

Todos los seres humanos son iguales ante Dios y ante los banqueros. Ciertamente en los textos de todas las confesiones religiosas pueden encontrarse afirmaciones sobre la igualdad de los seres humanos ante Dios, sin embargo, en el siglo XVIII las religiones dominantes en Europa, Asia, África y América consentían la esclavitud. Todas las religiones dominantes mantenían acuerdos explícitos o implícitos de respeto mutuo con el poder político. Ese respeto implicaba conceder privilegios, un trato preferencial, a los poderosos. Los cuáqueros, sin embargo, no se quitaban el sombrero ante el rey. Para los inversionistas, clientes y socios comerciales de las empresas de los cuáqueros esa garantía de que serían tratados “igual que el rey” les inspiraba confianza.

Hay otro principio cuáquero de gran interés económico: “Decid la verdad al poderoso”. Hayek, y los economistas de la escuela austriaca, fundamentan su denuncia de la imposibilidad de la planificación social en parte en el hecho de que los poderosos reciben informaciones erróneas. El subordinado dice al patrón lo que el patrón quiere oír. El subordinado tiende a ocultar o a deformar las informaciones que transmite al poderoso y eso impide que el poderoso pueda adoptar decisiones racionales.

Aunque los textos sagrados de todas las religiones condenan la mentira, la práctica cotidiana contradice sus afirmaciones. Para los católicos, por ejemplo, la mentira suele ser un “pecado venial”, un pecado menor, consentido y practicado. Que sepamos, los cuáqueros son los únicos que remarcan de forma explícita el principio de decir la verdad al poder. Es una consecuencia lógica inmediata que cuando los cuáqueros alcanzan posiciones de poder, aceptarán y exigirán que se les diga la verdad, por lo que tomarán decisiones con información más completa. Es por eso que la Philadelphia y la Pennsylvania del cuáquero William Penn fueron mejor planificadas que otras ciudades y otras sociedades. Es por eso que los cuáqueros Barklay y Lloyd podían tomar decisiones de inversión con mejores fundamentos de seguridad.

EL PESO DE LA ÉTICA

Según una conocida definición, la actividad económica consiste en elegir entre posibles alternativas. Todos los miembros de la sociedad tenemos que tomar diariamente multitud de decisiones que implican seleccionar una entre varias alternativas. La racionalidad económica puede ser definida como un conjunto de criterios que nos permiten elegir la alternativa que más nos conviene.

Un conflicto muy frecuente aparece cuando una de las alternativas posibles es la que más nos conviene “a corto plazo” y otra alternativa es más conveniente “a largo plazo”. Por ejemplo, cuando viene un cliente a comprar un producto de nuestra tienda, podemos elegir entre dos alternativas posibles: ser honestos o ser deshonestos. Si somos deshonestos obtenemos más beneficio a corto plazo. Si somos honestos podemos obtener más beneficio a largo plazo. Los que han estudiado teoría de juegos saben que la decisión más racional en ese caso depende precisamente de que el juego se vaya a repetir o no. Si en el futuro vamos a tener al mismo cliente, debemos ser honestos con él, pero si somos buhoneros, si mañana trasladaremos nuestra tienda a otra ciudad y no volveremos a ver a este cliente, lo más racional es engañarle y que obtengamos el máximo beneficio.

El dilema se agrava si consideramos la imprevisibilidad e inseguridad del futuro. Cuanto menos probable sea que volvamos a tratar con el mismo cliente, cuanto más alejada en el tiempo esté la próxima transacción económica, mayor peso tendrá el beneficio a corto plazo y más racional es la elección del comportamiento deshonesto.

Sin embargo, en el ‘superjuego’ de una empresa mercantil, si queremos realizar transacciones con muchos agentes económicos tenemos que ofrecer garantías de que seremos honestos con todos ellos. Para obtener muchos beneficios a largo plazo tenemos que renunciar a la búsqueda de beneficios deshonestos a corto plazo. La honestidad puede ser una estrategia racional y rentable siempre que nuestra actividad económica se mantenga de forma sostenida durante un período de tiempo largo. La estrategia de la honestidad aumentará la rentabilidad de nuestra empresa y se hace imprescindible si necesitamos captar muchos inversores, clientes y socios comerciales.

Para obtener nuestros objetivos empresariales, manifestamos públicamente nuestra estrategia de que estamos dispuestos a renunciar a un beneficio a corto plazo con el fin de obtener más beneficios a largo plazo. Sin embargo no es suficiente con nuestra afirmación, es necesario reforzarla de alguna forma, es necesario obtener credibilidad. Nuestra adscripción religiosa puede reforzar nuestra credibilidad.

La racionalidad del mártir

Todas las religiones tienen mártires. Un mártir es alguien que se ha mantenido fiel a su estrategia, a sus principios éticos, incluso sacrificando su máximo interés a corto plazo, la supervivencia física. La racionalidad del comportamiento del mártir solo puede estar basada en la creencia de un largo plazo eterno y muy satisfactorio. La vida en el cielo, en el edén, nos proporcionará tanta utilidad durante tanto tiempo, que es racional sacrificar a corto plazo incluso nuestra propia supervivencia.

Además, lo que es racional para un miembro individual del grupo religioso es también racional para los demás miembros. La pérdida de un hermano queda compensada con el aumento de nuestra credibilidad por ser hermanos de mártires. Todos los grupos religiosos hacen ostentación de la historia de sus mártires. La imagen que se quiere transmitir es que todos los miembros de ese grupo religioso están dispuestos a sacrificar sus intereses a corto plazo, por lo que serán siempre honestos, sinceros, no robarán, respetarán la mujer de su prójimo, etc.

El cuáquero tramposo

Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos, fue educado en los principios cuáqueros. En sus campañas electorales hizo ostentación de su confesión cuáquera y prometió acabar la guerra de Vietnam. Sin embargo, bajo su mandato, la guerra de Vietnam alcanzó el punto más alto de violencia y mortandad, los bombardeos se intensificaron de forma extraordinaria y se ampliaron a zonas civiles y a los países vecinos de Laos y Camboya. Bajo su mandato se intensificó el terror sobre los civiles vietnamitas.

En su país, Nixon quebrantó sistemáticamente los derechos a la privacidad espiando a personas que consideraba sus competidores políticos, lanzó campañas de desprestigio contra personas inocentes. Los americanos le conocen como “Tricky Dick”, lo que podemos traducir como “Ricardito el tramposo”.

Finalmente, el escándalo del Watergate puso en evidencia que sus trampas y mentiras habían conducido a la administración de los Estados Unidos a un grado de corrupción único en su historia. Fue procesado y forzado a dimitir.

Sin duda ninguna, su condición de cuáquero le había conseguido la confianza de los electores y le había proporcionado apoyos. Nixon utilizó la imagen de marca de los cuáqueros y malgastó el capital de credibilidad acumulado por sus mártires y sus banqueros. Los economistas utilizamos la expresión “free rider” o gorrón, para referirnos a los agentes económicos que se benefician del trabajo de otros sin pagar su cuota. El dilema que plantea el problema de los “free riders” es que el coste de impedir su existencia es demasiado alto para el grupo social pero su existencia tiene un coste demasiado alto para el grupo social por lo que los negocios en los que pueden aparecer “free riders” no pueden realizarse, simplemente no se realizarán.

El perdón secreto y la inquisición

Las religiones siempre han utilizado la credibilidad que les otorga sus principios éticos y sus mártires. Pero también siempre han tenido tramposos, “free riders” que hacen creer a otros que respetan los principios religiosos para beneficiarse personalmente a costa de sus hermanos en la fe.

Una estrategia defensiva es organizar una Santa Inquisición, un tribunal de vigilancia interno que persigue a los tramposos “free riders”. Sabemos que esa es una mala solución, ya que los inquisidores pueden convertirse en ‘free riders’ (o los ‘free riders’ en inquisidores) consiguiendo así aún más poder y haciéndolos más peligrosos y más dañinos. Las víctimas de la persecución inquisitorial pasan a ser los pobres judaizantes o las pobres brujas, creando un ambiente de miedo e inseguridad en la que los poderosos están protegidos y toda la estructura de principios éticos que se trata de defender queda destrozada.

Una estrategia alternativa para minimizar el daño que producen los “free riders” es ocultarlos para que sean ignorados. Uno de los escándalos más recientes es cuando se puso de manifiesto y se demostró ante tribunales ordinarios que la jerarquía católica en los Estados Unidos había protegido a sacerdotes pederastas, para evitar el desprestigio, permitiendo así su permanencia y la repetición de sus crímenes. Esta estrategia puede funcionar solo cuando la información que recibe la sociedad está muy controlada y hay garantía de que no habrá filtraciones. En el mundo actual en el que la información circula con gran libertad es muy difícil mantener esa estrategia.

Los ejemplos que hemos utilizado (la Santa Inquisición y la ocultación de sacerdotes pederastas) han sido extraídos de la historia de la iglesia católica. Como conocemos bien la historia de la iglesia católica podemos encontrar muchos ejemplos de estos comportamientos pero no debemos deducir de ellos que los principios éticos de la religión católica son peores o más débiles. Cualquier grupo religioso, al aumentar su tamaño e influencia social, se ve enfrentado ante los mismos dilemas.